Antonio Fernández

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Antonio Fernández

Como un gallego más, emigra a América en su adolescencia. Concretamente, a los doce años está en Brasil. En Sao Paulo recibe lecciones de dibujo y pintura del artista alemán Ernesto Papf. Las primeras exposiciones del joven pintor son un fracaso. Pero no se amilana y sigue recorriendo el gran país, y en las ciudades de Pará Y Manaos es mucho mej...

Como un gallego más, emigra a América en su adolescencia. Concretamente, a los doce años está en Brasil. En Sao Paulo recibe lecciones de dibujo y pintura del artista alemán Ernesto Papf. Las primeras exposiciones del joven pintor son un fracaso. Pero no se amilana y sigue recorriendo el gran país, y en las ciudades de Pará Y Manaos es mucho mejor la acogida que obtiene. El buen signo que había comenzado se confirma en Río de Janeiro, donde obtiene un galardón y vende cuanto muestra. De ahí que una buena parte de su obra inicial, donde están ya casi todas las características de su realismo magistral, se encuentre en este país y está siendo ahora rescatada, a altos precios, por coleccionistas e interesados en la pintura del maestro de tantos pintores. Fernández regresa definitivamente a Europa, pero su inquietud por conocer mundo persiste. Viaja a Italia y descubre un puebluco pintoresco perdido entre montañas, Antícoli Corrado, con casas adheridas a las estribaciones del accidentado terreno y calles tortuosas por las que circulan ovejas y cabras. El artista trabaja allí incansablemente, en una paz absoluta, por amarrar de tal manera la realidad, que a las paredes de las casas de sus cuadros se les desconcha el repellado, y a sus ovejas hay que esquilarlas al cabo de un tiempo, porque el vellón prospera en su condición de aceite y pigmentos. En esos mundos italianos, el goianés conoce a artistas españoles de nombradía, como Sotomayor, Benlliure y Barbasán. De vuelta en España concurre a las exposiciones nacionales, aunque se muestra inasequible a la costumbre de obsequiar a determinados personajes oficiales para escalar puestos en un imaginario escalafón aque muchas veces tiene muy poco que ver con la pintura. Sin embargo, su obra impresiona nada menos que a Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina, que la glosa en una de sus libros, en el que reflexiona sobre la vejez. Participa en los Salones de Otoño, en cuya séptima edición es nombrado socio de mérito. Su obra cruzará de nuevo el Atlántico para mantener los contactos y el prestigio que había logrado en Brasil. Expone en ciudades de Galicia, y el éxito le acompaña siempre, aunque Antonio Fernández jamás se envanece. Por el contrario, persiste en su actitud discreta, interesado únicamente por extremar la calidad de su obra, realmente excepcional. Acomete obras de gran empeño, como «As Fiandeiras», en cierto modo un homenaje implícito a Velázquez en el juego del claroscuro, y al Greco, puesto que la escena tiene alguna relación ambiental con la supuesta obra del afincado en Toledo y que constituye el retrato de su familia. Nuestro artista, en su casa rural del pueblo próximo a la desembocadura del Miño, trabaja incansablemente. Alrededor de él se forman pintores como Xavier Pousa, e influye en otros artistas, los escultores Xoan Piñeiro y Magín Picallo, así como en el escritor Eliseo Alonso, que será su primer y, hasta ahora, definitivo biógrafo. Muy poco antes de su muerte, el Círculo Mercantil de Vigo organiza una exposición antológica del goianés, que fue la última aparición en público del artista, ya consumido por el trabajo y los años. Fernández falleció ese mismo año, 1970, el 20 de noviembre, cuando contaba 82 años, prácticamente con los pinceles en la mano, dispuesto a proseguir sus paisajes del Miño, sus mundos rurales. La obra de Antonio Fernández se encuentra en todos los museos de Galicia. El de Lugo conserva uno de los pocos desnudos que pintó en su vida, con juegos de espejo muy velazqueños. El de Vigo, un autorretrato de su juventud, verdadero análisis psicológico de un caráter firme, discreto, introvertido. Fernández se preocupó porque la pintura fuera reflejo total, absoluto, de la realidad observada. Se trata de captar con fidelidad suprema la apariencia de las cosas, de la naturaleza, en su ambiente más preciso. Hay siempre un toque de melancolía, propio del talante del pintor, en cada uno de sus cuadros, en los que la anécdota, como deseaba el maestro Eugenio d'Ors, se eleva a categoría. Una oveja paciendo en el campo es tema bastante para un óleo de calidad irreprochable. Los troncos retorcidos, medio secos, de cuatro olivos, también. Como dos casucas aldeanas adheridas al declive de una montaña. O como las flores más humildes, en un búcaro de cerámica popular. Sus crisantemos parece que van a perder los pétalos, porque están pintados en su absoluta madurez. Pocas veces, como en esta pintura, se ha ganado la emoción desde el equilibrio total, basado en un dibujo firme, seguro, y en una técnica irreprochable que va desde la preparación del lienzo de soporte a la utilización de los pigmentos, invariables en su intensidad.

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